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Josep Roca fa un tast de set vins als jardins de Cap Roig, d’entre els quals, INO de Masia Serra

Va ser una encertada combinació de tast de vins i espectacle, en una nit en què el cel va retenir la pluja perquè els  interessats poguessin satisfer els sentits, tant amb els vins tastats, com amb les encertades i sempre poètiques descripcions que en va fer el gran poeta del vi: Josep Roca.

No us  perdeu la oportunitat de gaudir d'un fragment del emocionant tast , acompanyat de la màgica veu de la cantant Sílvia Pérez Cruz.

http://www.youtube.com/watch?v=CQYzvMEGG9k&context=C31e6bdeADOEgsToPDskITh-S6qcQvjJg2W_DDIz1P

Eren “SET VINS SENTITS” entre els quals figurava el nostre vi dolç INO, però les nostres paraules semblarien massa ufanoses, si en parléssim, perquè el cor ens dictaria els sentiments que ens provoca aquest vi. Per aquest motiu preferim que llegiu l’article firmat per l’escriptor i periodista Josep M. Fonalleras, que hi era i explica a El Periódico del divendres, tretze d’agost, el que va viure i beure aquella nit.

El sabio Josep Roca
elPeriodico.com , Viernes, 13 de agosto del 2010

J.M. Fonalleras Escritor y periodista

Hace unos años, los propietarios de Masia Serra regalaron a Josep Roca una botella de vino para celebrar el nacimiento de su hijo. Hace un par de días, en una encalmada noche de Cap Roig, en Calella, Josep Roca la descorchó. No es ninguna noticia espectacular, lo sé, y ustedes pueden decirme que la anécdota entra en el terreno de las cosas más íntimas y que no es necesario hablar de ello. Es cierto. Lo que la convierte en categoría universal es un pequeño detalle que afecta al vino y a la botella que lo contenía.

Proviene (provenía, porque ya no queda) de una bota de 1860, bota madre, las llaman, que es la que impregna de aroma, de historia y de fervor familiar los vinos dulces naturales Ino que, estos sí, pueden adquirirse en las tiendas. Los impregna, nunca mejor dicho. Pero la botella que destapó Josep Roca en una cata de Set vins sentits (queridos y escuchados) tenía en su interior la esencia real y tangible, auténtica, de una herencia de 150 años. Dado que los espectadores de su performance eran más de 200 no pudo ofrecer una copa a cada uno, sino dos gotas, dos piezas de orfebrería introducidas en un frasco que debía ser olido para entrar en el interior de la experiencia, entenderla y sentirse fedatario. Podrán decirme, con toda la razón del mundo, que exagero. Es lo que yo siempre había pensado de una cata de vinos. Siempre me había costado mucho adivinar los aromas, las reminiscencias, identificar maderas o cerezas. Hasta un par de noches atrás, en Cap Roig.

El frasco al que me refiero era la concentración máxima, la tensa economía conceptual que resume un poema, pero fue el punto final a una exhibición técnica, a un cálido acercamiento de Josep Roca, sabio en vinos y rico en adjetivos, al mundo de la enología entendido como universo paralelo al de la música.

Capaz de convertir la rutina gustativa en un espectáculo que va más allá de los conocimientos sobre viñas o añadas y se adentra en los pliegues de la memoria más placentera, el mediano de los hermanos Roca dibuja, en cierto modo, una autobiografía.
Abarcando el legado de los clásicos, con el contrapunto musical de Mozart, Massenet o Saint Saens (interpretados por el Quartet Gerió), enseña las tierras (áridas o fértiles) que han alumbrado los vinos que le han hecho como es. Y las comparte. Las ofrece como una narración, con un hilo argumental que va desde la «aldea por donde sale la primavera» (el nombre en alemán de una viña de Riesling) hasta la evocación del jerez amontillado con el que recupera la voz antigua de la saga, nacida al abrigo de un barrio obrero e inmigrante.

Alma turbada

Fue una noche emocionante. Una noche que es una vida. La que transcurre entre la poda de enero y la desolación del otoño, una vez terminada la cosecha. La que promete nuevas floraciones y anuncia la caída de la hoja. La que presagia el estallido de la uva y prevé la helada sobre la cepa enroscada y sola. Fue una noche turbadora porque terminó con el cuchillo que Sílvia Pérez-Cruz siempre está a punto de clavarte. Mientras Josep Roca presentaba un oporto vintage, oloroso y enfangado, la artista cantaba un fado de Amália Rodrigues y Carlos Gonçalves que dice, más o menos, «si yo supiera que, muriendo, tendrías una lágrima para mí, por una lágrima tuya, me dejaría matar». Los asistentes picaron con los pies porque tenían las manos ocupadas con la copa de oporto. Fue un aplauso opaco, como un alma enturbiada.


 

amb tecnologia Vinum.cat